martes, 13 de septiembre de 2011
A veces no puedes ser descriptiva.
Ella esperaba contra aquella farola, disimulando falsa quietud.
Él llegaba tarde.
Ella vestía vaqueros, una camiseta llena de mariposas y zapatillas.
Él llegaba tarde.
Ella miraba al suelo, sabía que si su mirada le encontraba su sonrisa crecería, delantando su entusiasmo. Sabía que si le miraba los nervios se desplazarían desde el estómago hacia las bragas.
Él, miedica de pelo en pecho, torció la esquina, miraba al frente y esperaba que su retraso intencionado no hubiese provocado una chica a la fuga.
Ella taconeaba sin sonido, de impaciencia.
Él caminaba dejando tras de sí el repiqueteo de unos zapatos brillantes contra las aceras. Se sentía orgulloso, mantenía el sentido correcto de esa extraña dirección: ella.
Ella sonrío al ver los brillantes zapatos rozando aquellas sucias zapatillas.
Y ocurrió, los nervios comenzaron a autocomplacerse, uno frente al otro, como una pareja que disfruta tocándose mientras el contrario observa.
Ella, fue ella quien le besó.
Él, fue él quien le pegó.
A veces no puedes ser descriptiva. Yo esta vez sí.
C/Ella- Madrid
martes, 23 de agosto de 2011
Mánchame con Quijotes, Don.
En un lugar de la Mancha, cuando todavía yo llevaba las bragas, tu sonrisa, de cuya curvatura no quiero acordarme, delataba viejas noches cuando el molino era más que nuestro baile.
No ha mucho tiempo que me enamoré de un hidalgo, de los que lanzan esperanzas al aire y encajalas entre las nalgas de un rocín bien flaco. Él era más que un galgo corredor, un sabueso siempre duro.
No tan siempre una olla a rebosar de comida por caducar, salpicón de suspiros las más noches, celos los sábados y lentejas, sin jamón fuera del camastro.
Tantos atardeceres juntos, soledad, deseosos amaneceres para así al sol imitar. Para sí mismo decir lo que importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.
En un lugar de la Mancha, el caballero nunca volvióse loco, sino su montura al desear el peso de un cuerpo que ya no susurraba al cabalgar.
No ha mucho tiempo que me enamoré de un hidalgo, de los que lanzan esperanzas al aire y encajalas entre las nalgas de un rocín bien flaco. Él era más que un galgo corredor, un sabueso siempre duro.
No tan siempre una olla a rebosar de comida por caducar, salpicón de suspiros las más noches, celos los sábados y lentejas, sin jamón fuera del camastro.
Tantos atardeceres juntos, soledad, deseosos amaneceres para así al sol imitar. Para sí mismo decir lo que importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.
En un lugar de la Mancha, el caballero nunca volvióse loco, sino su montura al desear el peso de un cuerpo que ya no susurraba al cabalgar.
jueves, 28 de julio de 2011
¡Eh, tú! ¡Hazme el arte!
Ella hace arte sólo con escribir "arte" sobre su piel.
Ella hace arte cuando pinta una sonrisa en su cara, cuando torna tu cuerpo a mineral aún por esculpir, cuando tus carcajadas se convierten en melodía y sus ronquidos en nana.
Ella hace arte cuando golpea los baldosines de la cocina con tres espaguetis ya cocinados, como hacía su abuela, y añade salpicaduras de tomate sobre su ropa.
Ella hace arte cuando no queda nada en la nevera y planta un plato sobre la mesa. Sembrando vuestra felicidad.
Ella hace arte cuando recoge su cabello alborotado sin despegar ni un centímetro vuestros cuerpos sudados. Hace arte si te obliga a ser escultura, si te pide que poses junto a ella con la polla en su interior todavía dura. -Estamos pintando nuestros recuerdos, ¿serías capaz de dormir así?- susurra justo después de morir.
Ella hace arte si se empañan los cristales por el frío que hace ahí fuera. Y lo perfecciona si los llena de letras inconexas.
Ella hace arte al canturrear en la ducha. Hace arte cuando danza desnuda por la habitación. Ya sea bailarina de flamenco o danza de tu vientre.
Ella hace arte cuando te dice que esa tripa te hace más atractivo y te ofrece una cerveza que acabará por beberse.
Ella hace arte si al depilarse las piernas olvida barrer el suelo, hace arte cuando argumenta su olvido con hacer arte.
Hace arte, y si no que se lo digan a tu sonrisa. Tonto enamorado del arte, del suyo.
Y así. Él también hace el arte, el arte de lo cotidiano.
Ella hace arte cuando pinta una sonrisa en su cara, cuando torna tu cuerpo a mineral aún por esculpir, cuando tus carcajadas se convierten en melodía y sus ronquidos en nana.
Ella hace arte cuando golpea los baldosines de la cocina con tres espaguetis ya cocinados, como hacía su abuela, y añade salpicaduras de tomate sobre su ropa.
Ella hace arte cuando no queda nada en la nevera y planta un plato sobre la mesa. Sembrando vuestra felicidad.
Ella hace arte cuando recoge su cabello alborotado sin despegar ni un centímetro vuestros cuerpos sudados. Hace arte si te obliga a ser escultura, si te pide que poses junto a ella con la polla en su interior todavía dura. -Estamos pintando nuestros recuerdos, ¿serías capaz de dormir así?- susurra justo después de morir.
Ella hace arte si se empañan los cristales por el frío que hace ahí fuera. Y lo perfecciona si los llena de letras inconexas.
Ella hace arte al canturrear en la ducha. Hace arte cuando danza desnuda por la habitación. Ya sea bailarina de flamenco o danza de tu vientre.
Ella hace arte cuando te dice que esa tripa te hace más atractivo y te ofrece una cerveza que acabará por beberse.
Ella hace arte si al depilarse las piernas olvida barrer el suelo, hace arte cuando argumenta su olvido con hacer arte.
Hace arte, y si no que se lo digan a tu sonrisa. Tonto enamorado del arte, del suyo.
Y así. Él también hace el arte, el arte de lo cotidiano.
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