Las casualidades desaparecen.
El no mirarnos a la cara
aturdió nuestro ir y devenir.
Ya no veo tus miradas en mi carrillo marcadas.
Mi camino de baldosas amarillas
era un rastro de zapatillas deportivas.
Corrieron, huyeron, escogieron
hasta tus sucias pisadas.
Parece que por aquí
ya no suspiraras,
la lluvia ácida destiñó los recuerdos.
Ahora apesta a hueso desgastado,
queda un montón de chatarra
y finas briznas de paja.
Mas sólo somos arritmia,
astuta cobardía
y deseo, cerebral.
No vuelvas a salir sin paraguas
mi querido mejor amigo, Oz.
miércoles, 14 de diciembre de 2011
jueves, 1 de diciembre de 2011
No te salves.
No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo
pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.
Poema de Mario Benedetti, No te salves
(Así que, no.)
martes, 29 de noviembre de 2011
domingo, 27 de noviembre de 2011
El primer sábado de cada mes
abandona el viejo sofá estampado a flores de su salón.
Se aleja de la rutina, y se dirige al supermercado
con una pensión que no permite más que sobrevivir.
El sobremercado podríamos decir.
Se apresura entre pasillos,
su canoso cabello vuela con quietud entre estanterías.
Vuelca un puñado de latas de conserva,
recolecta sin cuidado unas cuantas hortalizas
y añade una cuña de queso aún por curar
a su carrito del subsistir.
Sus pasos acelerados sorprenden
hasta a los alimentos precocinados,
interrumpe el sosiego de las bebidas libres de gas.
Octavo pasillo, sección C, utensilios.
Sus pies se cierran, sus ojos se desplazan.
Torres, montones de recipientes apilados.
Tappers, tonalidades, transparecias.
Ella conoce su obsesión hacia aquel corredor.
Un sábado al mes calcula el tamaño de sus recuerdos,
planea el color, la forma del recipiente,
y decide si quiere almacenarlos al vacío o facilitar su recordar.
Ningún sábado compra uno.
Todavía está pagando el que no empezó a utilizar:
Su ataúd será de plástico y apto para recalentar.
abandona el viejo sofá estampado a flores de su salón.
Se aleja de la rutina, y se dirige al supermercado
con una pensión que no permite más que sobrevivir.
El sobremercado podríamos decir.
Se apresura entre pasillos,
su canoso cabello vuela con quietud entre estanterías.
Vuelca un puñado de latas de conserva,
recolecta sin cuidado unas cuantas hortalizas
y añade una cuña de queso aún por curar
a su carrito del subsistir.
Sus pasos acelerados sorprenden
hasta a los alimentos precocinados,
interrumpe el sosiego de las bebidas libres de gas.
Octavo pasillo, sección C, utensilios.
Sus pies se cierran, sus ojos se desplazan.
Torres, montones de recipientes apilados.
Tappers, tonalidades, transparecias.
Ella conoce su obsesión hacia aquel corredor.
Un sábado al mes calcula el tamaño de sus recuerdos,
planea el color, la forma del recipiente,
y decide si quiere almacenarlos al vacío o facilitar su recordar.
Ningún sábado compra uno.
Todavía está pagando el que no empezó a utilizar:
Su ataúd será de plástico y apto para recalentar.
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