sábado, 17 de marzo de 2012

Le he visto follando y comiendo.

Siempre soñé con escritores que me follaban con caricias, con susurro, que se fijaban en mi ropa interior incluso reían el relleno de ésta. Solía pensar que me ruborizaría si mis pezones no estuviesen lo suficientemente duros a su lado o si mi pelo no se erizara hasta la entonación que necesita nuestra rima consonante.
Imaginé que escribiría sobre mí con besos libres, que se fijaría en el pelo haciendo de él vello. Homonimia, hombre. Y deseaba, joder, deseaba notar los puntos en sus dedos y las comas en sus silencios. Tomar aire.

Pero no, los escritores cuando follan se vuelven reales. Todo ocurre en algún interior, yo creo que son reversibles. Van dados la vuelta, con las costuras por fuera. Que no os engañe una etiqueta, yo sólo pude reconocerle al verle comer con la furia y lírica con la que creía que me follaría. Con ojos melosos y brillantes.

Pero no me hagan ni caso, que yo sólo me baso en un escritor.


domingo, 11 de marzo de 2012

No me canso de escribir sobre el tiempo.

Cuan culpables las gotas
que cayeron por su propio peso
contra su cabeza,
atormentando los suelos
y llenando de lágrimas
la intemperie que rodea el cielo.
No lo intentes,
que ni las sábanas de felpa
alejan la humedad
de un romper a llorar
por los raspones
creados en la caída.
No cuesta declinar
pero arrastra, la tierra,
hasta la dureza.

El barro se vuelve más estable cuando estás metida hasta los codos.
Hazte así, que tienes manchada la nariz.

domingo, 26 de febrero de 2012

Soy amante de todas mis comidas

Soy amante de todas mis comidas- dijo sirviendo un vaso de zumo.
Erguido frente la nevera vestía ropa interior y un manchado delantal. Poco importan sus rasgos porque hay personas que nacen con ciertos talentos y a él esto le definía. Recordaba perfectamente el día que consulto uno de sus libros de cocina. Con lápiz y papel copió unas claves ya memorizadas, lo que sería su receta de vida adherida a la puerta del electrodoméstico.

En primer lugar debe adquirir una buena pieza, en su carnicería o paseando por las aceras. Sabrá que es de calidad porque marcará su cintura con cuerda. No estará entonces curada, deberá ser colgada. Una vez adquirida la materia prima debe convencerla para que se tumbe sobre la encimera. Trocee la pieza a caricias y deposite la casquería en un recipiente adicional. Sin calma ni paciencia trate la carne con embestidas y 'endesnudas'. Caliente su cuerpo a la temperatura deseada y, si gusta, añada besos y un chorrito de aceite. Engulla, muerda, acabe. Incluso saboree. Una vez saciado, deseche los huesos bien apurados y conserve las entrañas. No volverá a tener hambre.

Una erección se manifestó sobre la poca ropa que le cubría, una sonrisa era el preludio a un sonoro sorbo del jugo que sostenía.
Su zumo, carente de tropezones; ella, licuada y llena de tropiezos.

-Ahí no, hijo de puta.



jueves, 23 de febrero de 2012